20 jul. 2012

Reseña de «El triunfo del Humanismo en la empresa»

El triunfo del Humanismo en la empresa
Después de su trilogía sobre liderazgo y coaching, La sensación de fluidezEl bosque del líder y En un lugar del talento, el libro que presentamos se puede catalogar dentro de la categoría de Libros de Historia y Management, donde se relacionan episodios y personajes históricos con el mundo de la gestión y la empresa.

Juan Carlos Cubeiro (@juancarcubeiro), utiliza las hojas de este interesante libro, El triunfo del Humanismo en la empresa (Pearson, 2005) para establecer un paralelismo entre las habilidades necesarias para el gobierno de un reino –el de Carlos V– y las habilidades necesarias para el gobierno de una organización empresarial.

En clave de novela histórica, Juan Carlos Cubeiro se centra en cuatro personalidades de enorme influencia durante el siglo XVI: el sabio holandés Erasmo de Rótterdam, el canciller inglés Tomás Moro, el regente del reino de Castilla y arzobispo de Toledo, el Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, y el emperador Carlos V. 

El triunfo del Humanismo en la empresa toma como punto de partida el año 1517, momento en el que el joven Carlos V –17 años tenía– toma las riendas del imperio español que durante cuatro décadas regirá los destinos de la mayor parte de Europa. Para esta obra, Cubeiro cuenta con la estrecha colaboración de Leopoldo Bauluz, primer Catedrático de Historia Alternativa de la universidad española, una disciplina consistente en analizar épocas relevantes de la historia haciendo un ejercicio de simulación basado en responder a la pregunta qué hubiese pasado si determinados detalles del pasado hubieran ocurrido de manera diferente: «La historia no se puede cambiar», sugiere Bauluz, «pero tal vez podamos aprender mucho más de ella si analizamos una opción mejor y aplicar esas enseñanzas a nuestro mundo, a nuestras organizaciones, a nosotros mismos».

El análisis de  Juan Carlos Cubeiro es un resumen de los descubrimientos hallados por Bauluz, de lo que (realmente) ocurrió y de lo que pudo haber sido si en los inicios del reinado de Carlos V, Erasmo de Rótterdam hubiera venido a España aceptando la invitación del cardenal Cisneros y manteniendo la relación fraternal con Tomás Moro. De haberse producido este hecho histórico de primera mitad del siglo XVI, habría surgido lo que el autor denomina «El Triunfo del Humanismo».

El libro se encuentra estructurado en 13 capítulos, de los que se extraen trece principios de management a partir de la evolución histórica de estos cuatro personajes. En primer lugar, se hace referencia a la primacía de la labor del equipo y el espíritu de colaboración sobre la fría actividad individual. La invitación en 1517 del Cardenal Cisneros a Erasmo para viajar a la Universidad de Alcalá de Henares y editar la Biblioteca Políglota Complutense representa el momento estelar de la novela sobre el que discurre el resto de la obra.

De haberse producido ese viaje, hubiesen coincidido «un pensador brillante (…) –símbolo de la prudencia–; un hombre íntegro dotado para las relaciones (…) –símbolo de la justicia–; un experimentado gestor minucioso (…) –símbolo de la templanza–; y el que sería el hombre más poderoso de su tiempo, con apenas diecisiete años –símbolo de la fortaleza–. Cuatro humanistas que, si bien consiguieron enormes logros, podrían haber cambiado el futuro de la humanidad de haber actuado juntos, en equipo».

Erasmo, como sabio, tenía grandes pensamientos en la cabeza, sin embargo, las posibilidades de calar en las voluntades ajenas dependen en gran medida de las oportunidades para ejercer influencia sobre las mismas. No basta el saber y el querer, también hay que poder. Si no es así, el éxito es limitado. De ello se lamenta el autor al hablar del de Rótterdam: «Las ideas humanistas de Erasmo eran espléndidas, pero no lograron encender la civilización occidental. Las guerras son continuas, la educación no ocupa el lugar que merece y con frecuencia se prefieren las soluciones ramplonas del maquiavelismo a la ética y la auténtica virtud».
           
Otros de los puntos destacables del El triunfo del Humanismo en la empresa es la importancia del entorno como facilitador (entorpecedor) de la liberación (aniquilación) del talento. Si uno se rodea de mediocres, se estropea; si se rodea de grandes profesionales, crece: «En condiciones adecuadas (…) las personas aprovechan mucho mejor sus capacidades, optimizando sus compromisos. En entornos tóxicos, el talento individual se desaprovecha. El talento aflora o se desvanece según las circunstancias».

La integridad y la ética –hoy día tan de actualidad–, también son señalados explícitamente y reconocidos como valores intrínsecos al buen dirigente (humanista): «No hay ningún príncipe [directivo] bueno», dice Erasmo, «si no es un buen hombre»; y añade: «Es propio del príncipe [directivo] aventajar a los demás en integridad y prudencia»La empresa demanda líderes sin máscara, en estado puro, sin dobleces ni segundas intenciones cuyos discursos sean lo más parecido a sus comportamientos y la coherencia sea práctica común. Respecto a esta cuestión al autor le gusta citar con frecuencia al filósofo José Antonio Marina«La ética es el modo más inteligente de vivir».

Junto a ello, el ejemplo de quien ocupa puestos de responsabilidad adquiere un especial significado entre los subordinados. Las palabras mueven, los ejemplos arrastran. El gobernante siempre debe ir un paso por delante del resto enarbolando la bandera. La convergencia entre palabras y hechos genera seguidores; su divergencia, por el contrario, produce una sensación de desaliento en el grupo que no es fácil restaurar.

La cercanía y compromiso del líder son subrayados como aspectos que describen el buen hacer directivo. La presencia en las trincheras del máximo responsable genera siempre confianza y seguridad a sus pupilos que estarán en mejores condiciones de rendir con eficacia: «Carlos V fue un firme partidario del contacto con la gente, de la presencia del Emperador donde se le necesitase, de atender en primera persona y sin intermediarios”. El líder es siempre un referente para los subordinados, por eso no busca escurrir el bulto y está el primero en el campo de batalla: «En Madrid había convocado de nuevo Cortes. En ellas se personó el propio Carlos V, pues iba a luchar en el Mediterráneo contra el pirata Barbarroja».

Uno de los puntos más resaltables señalados en la obra, es la necesidad de que el directivo, a pesar de su posición, sea prudente, porque el exceso de ambición es una de las grandes amenazas en el ejercicio del buen gobierno: «Toda fortaleza puede convertirse en compulsión si se lleva demasiado lejos (…); el líder puede embarcarse en confrontaciones teóricamente asequibles, pero en realidad signifiquen graves derrotas».

Esto fue lo que ocurrió a Carlos V durante la invasión del reino de Francia contra Francisco I, eterno violador de la paz, en julio de 1536. El Emperador venía de derrotar triunfalmente un año antes a Barbarroja en Túnez y se sentía superior; sus ansias de conquista se volvieron en su contra: «Pensaba tomar Marsella, pero llegaron varias malas noticias: no podía contar con la armada Doria por los abastecimientos, las tropas de Flandes no avanzaban, el marqués de Vasto había sido derrotado en Arlés y en Italia los franceses podían tomar Génova».

La idea de que «los buenos líderes se precisan en los momentos difíciles porque en los buenos momentos todos los líderes son excelentes» también se expresa con claridad refiriéndose a la muerte en 1539 de la esposa de Carlos V, la Emperatriz Isabel de Portugal: «La Emperatriz fue una prenda de paz con la Corona de Portugal, una eficaz colaboradora en asuntos de Estado, una madre ejemplar». Es más fácil ser líder en situaciones cómodas que en circunstancias incómodas. En el primer caso todo marcha según lo previsto; en el segundo, hay que manejarse con las cosas patas arriba. A los mejores se les suele echar de menos cuando ya no están. Su labor discreta pero efectiva pasa en muchos casos desapercibida, pero con el tiempo su ausencia deja una sensación de vacío evidente.

Un aspecto habitualmente olvidado en las organizaciones es la sucesión de los puestos de mando. Sin embargo, no debería dejarse esta cuestión en manos del azar y diseñarse minuciosamente. Preparar a quienes tomarán el timón de la nave en los años venideros es una labor irrenunciable de las cabezas directivas si no se quiere que aquello que ha costado tanto construir se venga abajo rápidamente: «Ningún padre en la historia pudo haber sido más cuidadoso y temeroso por la salud corporal y espiritual de su hijo que Carlos V».

Retirarse a tiempo y no perpetuarse en el puesto demuestra inteligencia. No es ésta una decisión fácil para la mayor parte de los mandos, pero en estos casos también el líder demuestra su valor. Saber alejarse con prudencia de la labor directiva no es algo que se enseñe en las escuelas de negocio. A mitad de siglo, Carlos V entendió que había llegado su momento y decide dejar el poder a su hijo Felipe: «La última grandeza del líder es abandonar el poder antes de que el destino le obligue a ello. Ha de tener la suficiente previsión, generosidad y humildad como para preparar a la siguiente generación y cederle el testigo cuando las circunstancias lo aconsejen».

Por último, Juan Carlos Cubeiro reclama la necesidad de un liderazgo humanista que busca, entre otras cosas, hacer de la vida una obra de arte, donde la ética, la libertad, el diálogo, la búsqueda de la paz o el equilibrio de las emociones son coordenadas imprescindibles para el ejercicio del buen gobierno.

«EL TRIUNFO DEL HUMANISMO EN LA EMPRESA» está disponible en:

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